En
tiempos más simples, cuando los dioses caminaban entre los hombres, había una
tejedora, la mejor de todas, cuya habilidad sin igual para elaborar tejidos no
tenía rival debido a sus elaborados trabajos y la rapidez con la que los
completaba. Pero cuando se corría el
rumor de que su prodigiosa habilidad rivalizaba e incluso con la de los dioses,
Atenea, la diosa de la sabiduría, consideró que esa era la gota que rebosó el
vaso, y siendo ella también una tejedora bastante habilidosa, decidió enfrentar
a Arachne en un desafío de tejido.
Durante la competencia, los dedos de ambas se desdibujaban por la
velocidad con la que tejían, y pese a que ambas eran prodigiosas, Arachne
venció a la diosa terminando el tejido
primero con algunos segundos de diferencia. Atenea consideró que, tras la
arrogancia de la tejedora merecía un correctivo, pues nadie que osaba burlarse
de los dioses podía quedar sin castigo. Así Arachne quedó convertida de la
cintura para abajo en un ser de ocho patas capaz de crear su propia tela para
tejer para siempre, pero más que un castigo, es una lección de humildad.

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